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EL SUICIDIO EN EL TIEMPO DE “LO INMEDIATO”
Cristina López Camelo

Si algo caracteriza a ésta época, es el mandato de consumir.
Nuestra civilización es el discurso de la ciencia y de los objetos que produce, objetos cada vez más sofisticados para individuos cada vez más anónimos. Un mercado común que intenta borrar las diferencias regido por el tiempo de lo inmediato, donde circulan, los objetos, los logros, el dinero, los cuerpos.
Brinda un brillo evanescente que se esfuma en un instante, el sujeto queda sólo frente al objeto, vacío sin comprender, dispuesto a ser atrapado por el próximo objeto, inmediatez que imposibilita el acto, como momento de resolución subjetiva.
Las imágenes, los objetos, son ofrecidas en una serie, montan una escena donde lo particular, lo subjetivo, los tiempos de cada uno desaparecen, se unifican en pos de un ideal único que borra las diferencias.
Pero sólo algunos pocos pueden proveerse de muchos de los bienes ofrecidos, la mayoría sólo puede acceder a una satisfacción; ilusionando ese estado de plenitud que las imágenes exhiben, sabiendo de antemano que se trata de una dicha preparada para otros. Resta en todo caso el consumo de la imagen televisiva, donde se exhiben la vida de los exitosos y privilegiados.
Inmediatez que no hace lugar al acto subjetivo, construido en una escena, con las marcas y las históricas de cada personaje, sino que convoca a actuar compulsivamente.
Cuando nos referimos a la inmediatez, hablamos de un tiempo en donde la prisa, lo vertiginoso, no da paso a un tiempo en donde cada sujeto pueda consumarse, en un tiempo y un espacio que le sea propio.
El tiempo psíquico posee un modo lógico y particular que se expresa en tres dimensiones.
El instante de ver, que no es más que un instante. El tiempo para comprender, que es el tiempo de la demanda a los otros, el de la ambigüedad, el tiempo de giros y vueltas. El tiempo de concluir, donde se sitúa la palabra, es el momento donde aparece el acto sujetivo, que es aquél que se arriesga a dar una solución, que no sabrá si es adecuada o no, acto que expresa al Yo en su tiempo, momento que se aleja de la demanda a los otros, momento de decisión.
Estos tiempos lógicos, creo que podemos observarlos, cuando un niño llega a la adquisición de la lecto-escritura, es el momento en que se arriesga, se juega en el acto de escribir o leer, produciendo una alegría que nos contagia a los adultos, por su modo espontáneo de transmitir.
La inmediatez de la época a la que me refería, justamente no hace lugar a este acto subjetivo, instante de ver, tiempo para comprender, tiempo de concluir, constituido en una escena con las marcas de cada personaje, la inmediatez convoca a actuar compulsivamente.
Esta y otras características conforman el imaginario dominante de la época, que incide en las distintas modalidades del malestar en la cultura y el padecer subjetivo
Los efectos que produce el imaginario dominante de una época, se expresa en los modos en que se manifiestan las diferentes patologías; la adecuación de los síntomas a ese imaginario y el incremento de los mismos.
En nuestra sociedad, en las instituciones, el transcurrir de los adultos, como así también de los adolescentes, parecen ir bordeando los límites de la muerte, exponiéndose a situaciones de riesgo, buscando una imperiosa necesidad de sensaciones fuertes, que los hagan sentirse vivos, comida, alcohol, droga, velocidad, delincuencia, logros económicos, títulos, sexo, etc. Otro modo de bordear la vida y la muerte: la apatía, el aburrimiento, el desinterés, el aislamiento.
Muchos de ellos ante el encuentro con un conflicto, no responden con un síntoma, sino con formas asociados a la pulsión de muerte, que se corresponden a las llamadas patologías del acto, pueden presentarse como anorexia, bulimia, adicciones, suicidio, delincuencia, son sujetos con un proceso asociativo pobre, ya que el pensamiento es sustituido por una actividad compulsiva cono el acting- out y el pasaje al acto.
Sujetos que se presentan, no del lado de las preguntas, del equívoco, del síntoma, sino desde una verdad que lo hace consistente y lo convoca al acting-out o al pasaje al acto. Están en el lugar del yo-no-pienso, o yo-no-soy, no aparece la queja del síntoma, la repetición de lo mismo.
El pasaje al acto es el momento de mayor embarazo subjetivo, la emoción aparece como un desorden de movimiento, es un dejar caer, el sujeto se precipita desde el lugar de la escena y deja afuera el deseo, la demanda a los otros, para arrojarse y desaparecer. Es la partida de la escena al mundo.
La escena es el lugar donde cada una es nombrado, reconocido, amado, odiado, donde las pasiones transitan, los encuentros, los desencuentros con los otros, el lugar donde transita el deseo. El mundo, lo que la cultura nos vehiculiza, un apilonamiento, un almacén de ruinas de mundos que se han sucedido, son los restos de aquellas escenas que en algún momento giraron y ya no están.
El pasaje al acto logrado, el suicidio, es un acto puro de desesperación impulsiva es un pasaje de la escena al mundo, al mundo de las voces perdidas, de la historia, de los encuentros antiguos, de lo que fue y ya no es.
El mismo día de su muerte, Sócrates le comenta a sus discípulos, que él serenamente deja esta vida, “por una vida más verdadera, por una vida que es inmortal”.
Para Sócrates, este encuentro con esa otra vida, más verdadera que no le plantea duda alguna, lo lleva a aceptar ser conducido sin mas a beber la cicuta. Se encamina sin vacilación hacia la segunda muerte, encarnada en el significante de inmortalidad, donde espera de manera trágica este pasaje a la segunda muerte, sin dolor, sin temor, sin temblor.
Pasaje que no nos está permitido a los seres hablantes, quienes nos constituimos en ese anudamiento de “muerte-cuerpo-vida”. Enfrentándonos al dolor de existir, como condición para que una vida pueda ser vivible.
Mantenerse más acá o más allá de la segunda muerte, es no poder morir de la segunda muerte, esa que está todo el tiempo en el juego de la vida.
El poeta Rainer Maria Rilke, en “Lo Abierto”, declara que fuera de la declinación y la muerte, fuera del límite que ofrecen las cosas, avanza hacia “Lo Abierto”, penetra en la eternidad. Para él no se trata de inmortalidad como para Sócrates, sino de estar libre de la muerte, no estar afectado por la muerte.
Dice: “Porque cerca de la muerte no se ve más la muerte, y con fijeza se mira hacia delante, quizás con una amplia mirada animal”.
Podemos leer, tanto en Sócrates como en Rilke, que el suicidio busca lo eterno del acto, más allá del tiempo lógico de la vida, más allá de la lógica del tiempo subjetivo.
El suicidio tiene relación con el vacío, el enigma, lo siniestro, lo trágico. No se monta la escena para otros, como en la tragedia. Lo trágico tiene que ver con aquello que no tiene palabras, lo trágico es el congelamiento de la escena.
En nuestro país se viene produciendo un incremento progresivo en la consumación de suicidios adolescentes, cifras que no incluyen, envenenamientos, caídas accidentales, ahogamientos, accidentes automovilísticos, muertes por drogas, con toda la implicancia de pseudo suicidio con que podrían caracterizarse muchos de estos decesos.
Ya F. Dolto, en su libro “La causa de los adolescentes”, titulaba el capitulo sobre suicidios: “Los suicidios adolescentes una epidemia oculta”, pues el incremento de suicidios adolescentes venía produciéndose ya a los inicios de la década del 80. Afirmaba es este texto, que las juventudes actuales tienen dificultad en encontrar un lugar en lo social.
Afirmación que nosotros podemos agregar un sin fin de situaciones críticas para el adolescente: La desocupación y la dificultad que tienen hoy los jóvenes, para proyectar su futuro independientemente de sus padres o tutores, el desaliento, la tristeza, la depresión de muchos de los adultos, provocada en muchas ocasiones por la desocupación o subocupación, que ni siquiera asegura la subsistencia de la familia, y otros adultos que están sólo ocupados, en sostener a toda costa un nivel de consumo, que les exige ya no mirar a sus hijos, ni siquiera mirarse a si mismos, sólo la imagen etérea y mortífera del mercado, del objeto en serie.
Podemos pensar y encontrar, otras situaciones que compartimos a diario, pero que también se dan de una manera específica en cada adolescente y en cada comunidad.
Pensar en la adolescencia, tanto por cuestiones de estructura, como evolutiva, conlleva el significante muerte, con relación al proceso de representaciones del cuerpo, que comienza a producirse a partir del tránsito a la pubertad y se profundiza en el ingreso pleno a la adolescencia temprana, signada por el trabajo de duelo.
Los que en la actualidad trabajamos con adolescentes en instituciones o en la clínica, observamos, cada vez más pasajes al acto, con una alta implicancia de riesgo corporal y psíquico, ingesta abusiva de alcohol, psicofármacos, sexualidad precoz y promiscua, caracterizadas tanto por la falta de afecto, como de medidas básicas de seguridad, muchas veces siguiendo un patrón compulsivo.
Desinterés generalizado, descreimiento en ideales e ideologías, búsqueda de una satisfacción inmediata, que una vez alcanzada se esfuma, el consumo por el consumo mismo.
En el tránsito de todo adolescente podemos considerar la aparición de fantasía de suicidio, como un grado de normalidad, en la medida que la misma permitiría un cable a tierra con todo aquello que fenece, fundamentalmente, con la representación corpórea, su entorno que se difuma, sin ni siquiera dar lugar a nostalgias y despedidas.
Caen máscaras de padres tiernos y protectores, espacios, vínculos, tiempos, todo se ha transformado, todo parece estar perdido.
En una primera lectura podemos pensar algunas situaciones como causales manifiestas ligadas al suicidio adolescente, los problemas familiares, conflicto de índole amoroso, problemas alrededor del eje del ideal, en sus diversas caracterizaciones cotidianas, estudio, trabajo etc.
El entorno emocional que envuelve lo descrito, es algo que va más allá de lo emocional, constituye un vacío, la sensación de nada, de un ya no ser para otro, que se vuelve inexistente, que los lleva a la consumación del suicidio que toma en la adolescencia, el carácter de acto súbito, de relámpago de ejecución inmediata.
Llegamos a preguntarnos por el lugar de estos jóvenes, antes niños, en la fantasmática familiar y que mandato mortuorio, que no-deseo ponen en acto en el interjuego de identificaciones. Fantasmas históricos que hacen o hicieron a la conjunción de la pareja parental, los deseos, apuestas, rivalidades, que se jugaron en la sexualidad.
Las investigaciones sobre suicidio coinciden en establecer que en realidad, no hay un perfil específico del suicida, ni es privativo de una estructura psíquica en particular.
Para muchos adolescentes, el suicidio se metamorfosea con la trampa de la glorificación, donde el no ser se asemeja a la fantasía de trascender, con la forma del héroe trágico y su patético destino, a modo de Sócrates van en busca de lo inmortal, de lo eterno.
A este panteón pertenecen héroes trágicos como Rodrigo, Kurt Cobian, el líder de Nirvana, o nuestros adolescentes que murieron enfrentándose a la policía en actos delictivos y son ahora venerados por sus pares.
Cuanto del no-reconocimiento del tiempo subjetivo, de las marcas, historia, duelos no resueltos, secretos que gritan, de la dificultad de hacernos tiempo para mirar, escuchar hablar, sorprendernos, en definitiva amar y sostener el lazo con otros. ¿Cuánto de esto denuncian nuestros adolescentes?.
Quedan interrogantes para recorrer, que cada uno podrá transitar, siempre y cuando no busque una única e inmediata respuesta, no busque negar los sufrimientos, angustias, de los sujetos y su comunidad.


Lic. M. Cristina López Camelo
E mail: mclopezcamelo@yahoo.com.ar

            Bibliografía: Clínica de los fracasos del fantasma Silvia Amigo
            Una clínica de la pulsión: las impulsiones Diana Rabinovich
            El dolor de existir y la Melancolía. Pura H.Cansina
            La causa de los adolescentes Francoise Dolto
            Cuadernillos I y II editados por el “Centro de atención al
            Familiar del suicida”