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“El silencio de los afectados por un suicidio: los ecos de la tragedia”
Diana Altavilla*
El acontecimiento de un suicidio cercano es uno de los estigmas más difíciles de
sortear en la historia de un sujeto.
Resulta difícil pensar que a pesar de la diversidad de demandas clínicas que
pueda presentar un sujeto en relación a su sufrimiento psíquico no se tenga en
cuenta lo suficiente las particularidades que evidencian aquellos que han pasado
por la experiencia dolorosa del suicidio de un ser cercano *1
Entre dichas particularidades el silencio sobre el acto es una de las
principales.
Es en sí mismo, el suicida, quien instala inicialmente la idea primordial de
silencio cuando, a partir de su acto, en su estatuto de “acto logrado” -para
Lacan-, el que coloca la idea del silencio como un modo peculiar de respuesta.
Ya no habrá palabras luego del suicidio. No habrá quejas ni reproches, ni
pedidos ni demandas, solo habrá silencio, pero un silencio que llamaremos mudez.
Un silencio que se abrirá a conjeturas, pero que conservará su modo peculiar de
imposición al otro.
Es ésta imposición un forzamiento para los afectados. *2
El Código Romano*3 establecía una condena jurídica en el caso de los
suicidas que afectaban la cosa pública. Es decir, la sanción al suicida se
completaba a posteriori del acto bajo la forma de un castigo que recaía sobre
sus familiares y que consistía precisamente en un silencio*4 .
Llamamos al silencio mudez porque entre las variadas formas del silencio es
aquella en la que se obtura cualquier significación, cualquier intervención del
lenguaje.
Esta mudez se completa en tres planos.
El primero es el silencio social, evidenciado en la evitación sistemática del
tema en las conversaciones cotidianas.
El suicidio es el hecho social más “conocido” y menos “hablado” o compartido,
salvo que de hablar del horror se trate. Suele traducirse en comentarios
encubiertos y palabras solapadas, más que dentro de diálogos abiertos y francos.
Cae en la categoría de tema obseno y degradante, tanto para el que lo recuerda
como para el que lo escucha.
Otro es el silencio familiar, en tanto las familias de suicidas caen en
la cotidiana evitación del tema, pues no se trata de que haya dejado de existir
como hecho acontecido sino que sea destinado a quedar bloqueado de
conversaciones más o menos importantes que los involucren, hasta el extremo de
ser abolido como acontecimiento familiar y es trasladado exclusivamente como
otra “ausencia” o “muerte” dentro de la historización del grupo.
Es habitual que frente a la pregunta de “cuál fue la muerte de algún familiar?”
sea entonces que las familias relaten tal acontecimiento apareciendo como
novedoso para las generaciones posteriores, poniendo alguna luz a los enigmas
ocultados por años.
Por último, el silencio personal o subjetivo, aquel que se produce en el
interior del sujeto empujándolo a evitar las ideas relativas al suicida y/o los
hechos, situaciones y lugares que rodearon el acto, pero sin que suela reconocer
a otros o a sí mismo la naturaleza de sus inquietudes. No quiere relacionar sus
representaciones o actos con el hecho, aunque retornen bajo diferentes formas.
Cualquiera de los silencios puede evidenciar alguna forma de fractura pero suele
ser vuelto a cristalizar por los efectos de cualquiera de los demás. Es decir,
cuando a un sujeto se le presenta la necesidad de compartir con otros lo
acontecido, lo social o familiar ejerce una presión en contrario que lo lleva a
retroceder en el intento y viceversa.
Un afectado que había recurrido a tratamiento relataba sobre el hecho, “en mi
trabajo todos sabían pero jamás nadie me vino a preguntar, sé que es algo
difícil y de lo que nadie quiere hablar pero me habría hecho bien. Yo no quería
hablar tampoco”.
En la clínica, la forma en que este silencio aparece es bajo la forma de eso no
se habla.
La fragmentación consecuente se vuelve tangible en los diversos “agujeros” de la
trama histórica y deriva en la reduplicación de la imposibilidad del lazo
social.
Todos estos modos de respuesta están en íntima conexión con el orden de lo
reverencial.
Y cuando lo reverencial, lo venerado se vincula al terror, sus derivaciones se
cuelan por los insterticios de una comunidad generando diversos modos
patológicos de expresión.
El suicidio impone (y necesita de) alguna forma de inscripción social y
subjetiva. La inscripción de un acontecimiento exige una conjunción entre los
hechos y su significación*5
En la clínica con afectados por suicidio otra de las formas en que este silencio
aparece es bajo la imposibilidad de nombrar al muerto, especialmente en los
suicidios recientes.
En los relatos se evidencia insistentemente bajo la forma de interrupciones
discursivas o repeticiones de una jerga particular estableciendo una manera
rebuscada de designar al faltante*6 en un “rebusque” gramatical que
distorsiona lo que se intenta designar y revelan un motivo inconsciente bajo el
ocultamiento.
El trabajo en las consultas (...) tiene como referente posibilitar para cada
sujeto la reconstrucción de una historia que lo social tiende a cerrar
prematuramente.
El trabajo de duelo es un trabajo posterior. Pasar de la afectación al duelo es
romper con la fragmentación que la afectación produce, es introducir a un sujeto
de nuevo en la trama que lo sostiene.
Apelamos a que lo social, en todas sus instancias y versiones abran también para
el sujeto espacios de comunicación que interrumpa el silencio al que el dolor
los arroja.
Mirar el horror de lo que pasó y con ello construir el porvenir, sin la captura
de la repetición traumática, restableciendo la disociación pasado-presente para
hacer ver la intrusión alucinante del hecho y ponerlo en la categoría de un
recuerdo pensable.
me devoró una arista
más adentro
el infierno
pero hay más adentro
una hilera interminable
de adentro
y estoy gritando
ya no sé
si desde acá
se escucha mi voz
también falta mi eco
y estoy gritando
Marcela Santantón La otra mitad
*Psicólogo. Psicoanalista
Presidente del CAFS
Centro de Atención al Familiar del Suicidia
e-mail:
urdinolaroberto@yahoo.com.ar
*Psicóloga. Psicoanalista
Coordinadora equipo asistencial del
Centro de atención al Familiar del Suicida
e-mail:
dianaaltavilla@yahoo.com.ar
*1 Altavilla, Diana. Trabajo presentado en las I Jornadas
Regionales de Prevención del Suicidio : “Los afectados: parte de una tragedia”.
UNLu, 2002.
*2 Afectados: Familiares y personas cercanas a un suicida que se han visto
afectadas por el hecho.
*3 Código Romano (ver)
*4 Al que se suicidaba afectando la vida pública se le adjudicaban tres castigos
o muertes: la muerte del cuerpo, la del alma y en el silencio de sus familiares.
*5 Altavilla, Diana.: Ibid
*6 Altavilla, Diana.: Trabajo presentado en las II Jornadas Regionales sobre
Prevención del Suicidio. “Clínica con los afectados: culpa y silencio”. UNLu,
2003.