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“SUICIDIO: FRAGMENTACIÓN SUBJETIVA Y DISCURSO CONTEMPORÁNEO”

    Lic. Diana Altavilla, Lic. en Psicología - Psicoanalista
    Coordinadora del Equipo Asistencial del
    Centro de Atención al Familiar del Suicida – Bs. As, Argentina (CAFS)
    Integrante de la Red Nacional de Prevención del Suicidio
    Representante Argentina de la RMS –Red Mundial


Sabemos que algún día moriremos.
Es la muerte propia y la de nuestros seres queridos algo que es tenido en consideración pero no siempre del mismo modo. Modo, acerca del cual nos ubicamos, algunas veces referidos a la verdad y otras produciendo el más profundo alejamiento de ella.
El psicoanálisis nos anticipa la importancia que para la vida de un sujeto tiene el conocimiento o desconocimiento de los hechos acaecidos, en especial, aquellos que anudan la propia historia o la historia familiar.
Y, si con relación a los hechos, algunos por su especial devenir, producen en el imaginario social el rechazo y el horror, coincidimos en suponer que su necesaria ubicación en el entramado significante sea por lo demás accidentada y desarticuladora.
Es imperioso para un sujeto, y más si éste sujeto es niño o adolescente, llegar a realizar una construcción de los hechos reales que de alguna manera signan su vida.
La muerte es uno de ellos. Y el suicidio, una manera peculiar de morirse.*1

Suicidio y entramado social
El entramado social es el recurso, el sostén para todo sujeto pues está claro que ciertamente es en él que un ser puede desarrollarse en su potencial con plenitud. Por lo menos así es deseable.
El acontecimiento de un suicidio es, además de un hecho traumático, uno de los estigmas más difíciles de sortear para la historia de cualquier ser humano, y sin embargo son contadas las instancias comunitarias donde semejante acto no se da por concluido como dilema, al instante de su ejecución.
Es decir, después del suicido pareciera que no hay mucho por hacer.
Los espacios de atención se han construido usualmente en torno al cuidado de aquel que transita un estado depresivo con riesgo de vida, pero cuando el acontecimiento suicida se consuma los cuidados parecieran desmembrarse y cada uno de los relacionados con el hecho busca su propio camino psicoterapéutico, en el mejor de los casos.
Tener antecedentes familiares de suicidio es uno de los primeros cinco factores de riesgo, pero recién se tiene en cuenta cuando un sujeto consulta.
Antes de esto y frente al suicidio solo se piensa en un asesoramiento inmediato y a corto plazo salvo que hubiese signos graves que lo ameriten. Los familiares, los compañeros de escuela o de trabajo, los vecinos, no son usualmente atendidos como sujetos en riesgo futuro salvo que presenten síntomas.
Desde hace algunos años y luego de una investigación al respecto junto a grupo de psicólogos y psicoanalistas, formamos una institución en Buenos Aires – el Centro de Atención al Familiar del Suicida- centrada en la temática posterior al suicidio; como modo de insistir en la prevención y el tratamiento de trastornos que circulan generalmente de modo silencioso y solapado.

Ser-afectado por un Suicidio
La irrupción del suicidio desborda cualquier comprensión ya que no atañe a la muerte en su ley natural. El suicidio establece un corte entre el suicida y los demás. Especialmente entre el suicida y las personas cercanas, desbordados por un exceso que deja al descubierto la fragilidad del lazo con el semejante. Tomado en su vertiente de “pérdida” suele trabajarse clínicamente como trabajo de duelo, pero nuestra investigación revela una estructuración particular que consideramos necesario desarticular antes del trabajo de duelo propiamente dicho.
Es situado generalmente desde la vertiente traumática pero consideramos que las peculiaridades que revelan la existencia de una experiencia traumática no suelen presentarse en los afectados solo en alguno de sus signos.
Ser-afectado alude a una de las posiciones del ser, en tanto la afectación, (ver vertiente filosófica?) determina la existencia de un estado fijo, determinado por coordenadas inamovibles del ser. Estas coordenadas fijan a un sujeto a dicha posición ya que, de ser un estado del ser no podría a partir del acto suicida pasar a otro, salvo que algo irrumpiera para correrlo de dicha posición única.
Los sujetos evidencian una posición que imposibilita el entramado significante, es decir que se precipitan en una pérdida de sentido y de escisión respecto del mismo, quedando situados más en relación al vacío.
En los afectados se hace presente la situación de encarnar un silencio en la convicción que de esa manera, alguna resolución vaya a advenir, ocurra; pagando con su sufrimiento un destino incierto.
La significación se torna imperiosa pero el acto empuja a la no-significación, al no-sentido, y por lo tanto no se evidencia la existencia del registro de “perdida” necesario a todo trabajo de duelo.
Es entonces que el trabajo previo al trabajo de duelo pasa por tres cuestiones primordiales que se instalan en los afectados: la cuestión del enigma (o de las razones que llevaron a alguien a tomar esa decisión suicida incluso aún cuando estas hayan quedado explícitas en cartas, por ej.), por el legado (o mandatos de investigación detectivezca respecto de la verdad final y definitiva), y por la participación (o responsabilidad que creen les corresponde respecto del acto suicida incluyéndose hasta el hartazgo en versiones fantasmagóricas de la culpa).
Enigma, legado y participación constituyen una trilogía que los envuelve y esquematiza pero que se esconde como tesoro enterrado durante toda la vida de un sujeto o de familias enteras.
El estigma del suicida se carga como tatuaje en la piel que pocos se pueden quitar.
El silencio sobre el acto fragmenta el entramado social y arroja al sujeto a un no-lugar en el que queda instalado.
Llamamos afectados a los sujetos relacionados con un suicida pues entendemos que no todos participaron con este en un mismo acto, al modo de una ruleta rusa en la que todos arriesgan la vida y solo uno la pierde. No los llamamos sobrevivientes porque esto designaría un estado definitivo para los sujetos en cuestión. Estado que no podrían dejar nunca atrás.
Los llamamos “afectados” pues así resulta más claro que deben transitar por una afectación –como afecto del ser- a desarticularse.
De la afectación se puede salir, del ser-sobreviviente no.

Silencio y afectación

El silencio generalizado es una marca clave en relación al suicidio.
El silencio sobre el acto se evidencia en lo individual, en tanto cada individuo intenta eliminar de su memoria el acto escindiéndolo del resto de sus pensamientos. Se evidencia en lo familiar cuando se repite en las familias la negatividad a hablar sobre el acto y a ocultarlo incluso a las generaciones posteriores. Y se registra en lo social y comunitario cuando luego de producido un acto suicida la comunidad toda intenta dejar apartado el hecho en la negativa a compartirlo.
El suicidio es el hecho social más “conocido” y menos “hablado” o compartido, salvo que de hablar del horror se trate. Suele traducirse en comentarios encubiertos y palabras solapadas, más que dentro de diálogos abiertos y francos. Cae en la categoría de tema obsceno y degradante, tanto para el que lo recuerda como para el que lo escucha.
Decimos que la inscripción de un acontecimiento exige una conjunción entre los hechos y su significación. Es solamente con la restitución de ese eslabón perdido que la veracidad posible se anuda en una recuperación del pasado haciendo factible la apertura de nuevas secuencias de sentido para un sujeto.
En la medida en que la relación con el otro es fundamental para la continuidad de la vida, tanto así se torna imponderable la restitución de los lazos cuando estos han sido quebrados.
El silencio sobre el acto fragmenta el entramado social y arroja al sujeto a un no-lugar en el que queda instalado.

Lazo social y sujeto son inseparables pero ciertas circunstancias de la cultura contemporánea son favorecedoras de ruptura.
Es entonces que el sujeto entrampado en la fragmentación que el acto precipita, se encuentra asimismo imposibilitado de restituir su historicidad cuando lo cultural empuja insistentemente a la negación de cualquier acto privado que afecte la cosa pública.
Solo unos pocos actos humanos caen bajo la sanción jurídica en el mundo occidental. El suicidio es uno de estos, cuando, olvidado de la sanción jurídica de origen se lo destina a un espacio denigrado, cautivo, desplazado, que favorece la exclusión o expulsión en alguna de sus formas.
El Código Romano establecía una condena jurídica en el caso de los suicidas que afectaban la cosa pública, aquellos cuyos actos suicidas se realizaban en algún espacio común e interrumpían el desenvolvimiento social cotidiano. La sanción al suicida se completaba a posteriori del acto bajo la forma de un castigo que recaía sobre sus familiares y que consistía precisamente en un silencio.
El Código castigaba al suicida a sufrir tres muertes: la muerte del cuerpo, la del alma, y en el silencio de sus familiares, arrastrando en el acto a sus seres queridos.
Ser familiar de un suicida resulta entonces en un castigo preciso de fragmentación del resto de la sociedad, repitiendo una vez más la secuencia de fragmentaciones a las que el sujeto se ve arrastrado más allá del acto.

Suicidio y discurso contemporáneo

Nos preguntamos por qué si el lazo social es tan necesario, ciertas circunstancias de la cultura contemporánea son favorecedoras de ruptura.
La contemporaneidad empuja a la instantaneidad, la inmediatez, la negación de sentidos, la unificación de la mirada, la globalización de las experiencias.
El mundo contemporáneo le dice No a la interrupción, al detenerse ante un hecho importante, imposibilita la realización de ritos necesarios al sujeto y a la cultura.
Si los rituales son prácticamente anulados en el mundo contemporáneo, más aún lo son aquellos que resultan “molestos” y que obligan a los individuos a preguntarse y responderse según su escala de valores, sus creencias y su sentir.
El mundo contemporáneo “no puede detenerse” y es por tanto que imprime una sólida barrera a la posibilidad de rearmado de significaciones entre los sujetos, fragmentando aún más el entramado en el que estos se alojan.



Se trabajaran casos de dispositivos comunitarios con relación a afectados por suicidio, como un dispositivo que, con eje en el psicoanálisis, puntúa una manera de operar con los efectos en los sujetos y en los grupos sociales en los que un suicidio acontece.
 



“(el psicoanálisis opera allí) ...a fin de que quienes tienen que atravesar esa aflicción
tengan alguna ley sobre ella en vez de sufrirla en el enceguecimiento”
Ginette Rimbault

 

*1  Altavilla, Diana. “Clínica con los afectados: culpa y silencio”. Trabajo presentado en las I Jornadas Regionales de Prevención del Suicidio. UNLu, Bs. As., 2002