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HACIA UNA TEORIA Y UNA CLINICA DE LOS ALLEGADOS AL SUICIDA
“Siento que yo participé en esa muerte”
“Lo que dio impulso a la investigación humana no fue el
enigma intelectual ni tampoco cualquier muerte, sino el conflicto sentimental
emergente a la muerte de seres amados y sin embargo también extraños y odiados.”
Sigmund Freud, Consideraciones sobre la guerra y la muerte
Por Roberto Urdinola *
En el campo propio del suicida, algo se nombra no nombrándose, algo se muestra
como real, un vacío donde desertan las buenas intenciones. El cuerpo muerto del
suicida “por su decisión” deviene cosa inenarrable para los afectados.
Tomamos el término “afectado” no en un sentido general, sino en el sentido de
quien sufre una influencia exterior; es, según Aristóteles, una de las diez
categorías del ser. Ciertamente, cualquier muerte nos afecta. Pero la irrupción
del suicidio desborda toda comprensión.
Una decisión ciega alumbra pasiones extremas. Así, esa “máquina de influencia”
hace circular en los afectados la figura siniestra (Umheimlich) del doble. Esta
figura da pasión al borde de un vacío que llenan con una moral culposa, en
silencio y espera. Tal como dice Novalis: “La acción moral es la gran tentativa
en la cual se resuelven todos los enigmas de los innumerables fenómenos”.
Un silencio en espera, de cara a un duelo no resuelto. El eterno presente de un
objeto que añoran no puede sostenerse en la palabra: de ahí el recurso del
silencio. Y el pasado, como el futuro, serán salvaguardados por las prácticas
respectivas de la memoria y la espera, no como recurso mnémico, aquélla, ni ésta
como virtud anímica, sino como contemplación moral en tanto algo queda fijado.
Los afectados extienden el acto suicida en-el-tiempo, en su silencio, por su
espera. ¿Qué elementos orientan a los afectados de forma tal que responden a un
no-duelo? Nombramos estos elementos: el enigma, el legado y la participación.
Al tiempo de la muerte de su hija Sofía, el 27 de enero de 1920, Freud escribió,
en una carta a Pfister: “Trabajo tanto como puedo y estoy muy agradecido a esta
diversión. La perdida de un hijo parece ser una ofensa narcisista, es probable
que lo que se denomina duelo no venga sino a continuación”. Este tiempo previo
al duelo puede desembocar en la elaboración del duelo o bien encallar fijamente
en la espera.
“¿Por qué lo hizo?” “Me aterra la idea que lo repita mi hijo.” “Siento que yo
participé en esa muerte.” Estos dichos son partes del espacio de un suicidio,
pero son partes extra, en tanto se inscriben en los afectados. Se despliegan, se
entrecruzan, sin llegar a ser productos de una estructura. Son determinados por
extensión al suicidio, inscribiéndolo, en los afectados, como fenómeno. Al no
ser parte de una estructura, no son síntomas. Tienen intención, tiene un sentido
pero no son productos de una estructura, por lo tanto no son síntomas.
Si bien tienen una intención, la múltiple significación de un suicidio hace que
la intención desvaríe. Si bien tienen un sentido, el sentido que se den los
afectados será un contrasentido en galería de espejos que reflejan ese eterno
presente, ese tiempo desbocado por el enigma. Estos elementos se muestran como
obstáculo al duelo.
¿Qué es el enigma en el suicidio?: el azar interrogado. Ya sea por esto o por
aquello, no hay respuesta que estabilice.
En el suicidio la verdad es un enigma.
El enigma supone una presencia. Sea, en Edipo, la Esfinge. El enigma del
suicidio se sostiene en una presencia que no merece ser olvidada. Si el suicidio
es, según Jacques Lacan, “la libertad que enloquece”, a partir del universo de
respuestas que desvarían con él encontrarán los afectados, más tarde, quizá, su
propia construcción del acto en las verdades del síntoma.
* Coordinador del Servicio de Asistencia al Familiar del Suicida de la
Universidad de Tres de Febrero. Fragmento de un trabajo presentado en las I
Jornadas Conjuntas en la Universidad Nacional de Tres de Febrero “Suicidio:
prevención, consecuencias y afectados”.
Diario Página 12
Psicología del Jueves/23-Ene-2003