Suicidios: la vida de los jóvenes está en devaluación

Suicidios: la vida de los jóvenes está en devaluación

Luján Peñalva y Yanina Nüesch son dos nombres resonantes en la agenda mediática de la última semana. Son el denominador de la muerte en incógnita, y el rótulo de un caso que, se cree, tiene al suicidio como objeto directo. Son nombres que ponen en evidencia el hecho de que hay dos vidas que ya no están, al igual que reflotan una cuestión siempre vigente.

La Organización Mundial de la Salud establece que, en los últimos 45 años, las tasas de suicidio han aumentado un 60% a nivel mundial y que el suicidio constituye una de las tres causas principales de muerte en hombres y mujeres, entre los 15 y 44 años.

Para acceder a una perspectiva amplia respecto de la problemática, La Prensa consultó al doctor José Eduardo Abadi, psiquiatra, psicoanalista y escritor. El especialista planteó que el suicidio es el resultado de una serie de factores: lo individual y subjetivo; el entorno familiar; y la cultura -como marco macrosocial favorecedor de cierto destino-.

En opinión de Abadi, algunos suicidios son producto de la dificultad de reparar determinado conflicto de un modo positivo o saludable. “En determinada estructura psicológica, con un autoestima sumamente disminuida, con desinterés, falta de iniciativa, tristeza, desamparo, aislamiento, se llega a un cuadro depresivo”, advirtió.

Por otra parte, el experto puso de manifiesto que la adolescencia es una etapa particularmente sensible, en la que se culmina una autonomía y desprendimiento, además del enfrentamiento a los rigores que impone la sociedad.

“Es una edad que requiere el trípode compuesto por amor, contención y disponibilidad”, enfatizó.
Sin embargo, el especialista aclaró que no puede hablarse de adolescencia como sinónimo de suicidio potencial. En cambio, apuntó que el terreno predisponente a este tipo de desenlace fatal es el aislamiento y el desamparo.

En lo que concierne a la familia, Abadi explicó que ésta debe alimentar al adolescente de ingredientes fundamentales, como amor en su sentido más amplio y seguridad. Definió que cuando lo que está en juego es el abandono y el registro de un entorno que no nos toma en cuenta como sujeto importante, “aparecen vacíos en la estructura de la personalidad”.

EL CONTEXTO

En el análisis de la problemática del suicidio entre los adolescentes y jóvenes también entra en consideración el entorno social y cultural. “Vivimos en un mundo en el que la soledad está en un lugar muy prioritario; detrás del mito de la eficacia, está el aislamiento y la imposibilidad de conocerse. Son soledades que, luego, derivan en miedos, y estos miedos se plasman en violencia y eso, naturalmente, hace perder el caudal vital que edifica la salud del sujeto”, argumentó Abadi.

Para la licenciada Diana Altavilla, que preside el Capítulo del Suicidio y Prevención de la Asociación Argentina de Salud Mental y dirige el Centro de Atención al Familiar del Suicida, el suicida es alguien sensible, que tiene interés por la vida, y que luego lo pierde; “se trata de la persona que cerró el abanico de posibilidades, no porque no las tuviera, sino porque dejó de verlas”.

El estilo de vida actual -según esta profesional- abona al “ya y todo”, por lo que “priva a la reflexión”. Dijo también que “uno debe permitirse ir un poco en contramano de esto, y decir: “¿Ya? No, puede ser dentro de un rato… ¿Todo? No, algo… Y, si no es mañana, será pasado”.

Cabe plantearse si, por otro lado, el factor “pago chico” contribuye a esta problemática. En referencia, Abadi expresó que estos espacios habilitan a una familiaridad, “el viejo sentir de la palabra “vecino” -algo que se ha perdido en las grandes ciudades-, que puede percibirse como contención, pertenencia y compañía”.

Como contraposición, el especialista opinó que, según el caso, esa “familiaridad” puede llevar a que “ciertas cosas que generan vergüenza, además de una fantasía de marginación, crítica y aislamiento, se hagan públicas”.

EL PROCESO

Altavilla expuso de qué trata la construcción suicida. Señaló que se inicia en la ideación -el pensamiento “me quiero morir”-. Un segundo momento es la amenaza -“me voy a matar”-. Y luego se arriba a la compulsión suicida; en este punto, un detonante termina concretándose en obra. Por otra parte, hay quienes arman un “plan suicida”, quienes elaboran herméticamente la decisión de matarse.

“Son quienes más sorprenden a su entorno, habiendo manifestado que “todo está perfecto”. Estas personas pasan del malestar a la aparente tranquilidad, cuando, en realidad, se devela que no hay más angustia por lo que se va a hacer, por cuanto es algo ya resuelto”, sentenció la especialista.

La directora del Centro de Atención al Familiar del Suicida sostuvo que “la expresión “me quiero matar” es habitual en cualquiera”, y destacó que “es frecuente que nuestra cabeza diga “cuando algo es mucho… basta”. Sin embargo, aclaró, hay un instante en el que paramos y, de alguna manera, “reiniciamos la máquina para considerar por qué parte de ese “mucho” empezamos. El tema es que, quien está mal, no arranca fácilmente”.

En el caso de María Luján y Yanina se habló de un posible “pacto suicida”. Al respecto, Abadi sostuvo que este tipo de acuerdos responden a vínculos patológicos. Explicó que “son relaciones alienadas, donde hay una fusión que liga el propio destino al del otro. Se dan lealtades teñidas de idealizaciones y sometimientos. Hay una dilución de la propia identidad, donde se arma un pacto común con un destino que no reconoce diferencias y lleva a desenlaces patológicos. Hay una incapacidad de pensar de un modo autónomo”.

SINTOMAS

Hay señales que no pueden descartarse. Tristeza, desgano, cambio de hábitos y frialdad son, según Abadi, algunas de las manifestaciones del complejo sintomático. “Muchas veces se anuncia la pérdida de ganas de vivir, y eso tiene que ser escuchado”, remarcó. Otro posible sensor propuesto por el experto es el entorno: en qué mundo social se mueve el adolescente. Y, sin dudas, el quebrantamiento de la salud debe ser una señal de alerta; esto se evidencia en el consumo de droga y ciertas formas de adicción, lo cual provoca una progresiva autodestrucción, expuso.

En cuanto a qué pueden hacer los familiares y el círculo cercano de las personas que atraviesan esta situación, Abadi aconsejó acompañar al otro, haciéndole saber que hay noción de que algo anda mal y que debe hacer algo para mejorar. Luego, existen los “recursos pertinentes, como las consultas a profesionales, la construcción de un equipo, donde cada uno opera desde donde sabe y puede”, detalló el especialista.

Dadas las causas y los tiempos de detección, en entornos familiares adecuados y capaces, esta patología -el suicidio-, que es producto de melancolía, rabia, pérdida de identidad, aislamiento, entre otros, es capaz de ser advertida por lo que es mucho más excepcional.

EL DESPUES

Altavilla hizo hincapié en el acontecer familiar posterior a un suicidio. Estableció que es recurrente la pregunta del porqué, a veces gatillada por una carta o por datos muy concretos respecto de la muerte. La especialista afirmó que “el entorno nunca termina de entender por qué alguien se llega a quitar la vida”.

La experta señaló que otra cuestión predominante es “la del legado”, lo que va a ocurrir luego del suicidio, por ejemplo, el temor a que otro chico del círculo se mate (quizás, otro adolescente en situación similar). “Toma lugar un pánico extendido, además del miedo a que la familia quede estigmatizada como “maldita”, argumentó.

Asimismo, detalló que la culpa es otro factor aparejado. En este sentido, advirtió que lo importante es la idea de “participación”, es decir, “qué responsabilidad le atañe a cada uno y, sobre todo, distinguir que la responsabilidad no es culpa. Se debe trabajar sobre cuál es la sensación que cada miembro del entorno tiene respecto del caso -sobre lo que no hizo, y sobre lo que sí se hizo y fue precipitante del acto-“.

PREVENCION

El suicidio se puede prevenir y la comunicación juega un papel clave en ese sentido. “Tendemos a hablar, como si nada, de cierto “estado de depresión”, en vez de usar palabras sencillas que nos acerquen a lo que pasa:

“Está angustiado, acá hay un problema”, comentó Altavilla. Según la especialista, el tiempo que nos damos para resolver el problema es el que habilita a apreciar las alternativas; “el mientras tanto” del conflicto termina siendo un camino a la mejoría. Es un proceso que demanda reflexión, siempre. El error es suponer que la solución llega en formato de “todo”, “ya” y “sin pensar”.


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